
Por Carlos Lastarria
En el artículo de la semana pasada, comenté las 21 pinturas seleccionadas por el jurado del Concurso
"Salón de Viña del Mar".
Lamentablemente, por estar una parte del recinto de exposiciones del Casino Municipal cerrado por la realización de un evento, no pude apreciar la totalidad de las obras que dejó el jurado.
En todo caso, las quince obras restantes no son ni mejores ni peores que el conjunto general. Sólo unas cuantas escapan a la medianía y a lo monótono que resulta un concurso donde la mayoría de los seleccionados parecen ser seguidores de alguien y sólo unos cuantos reflejan identidad.
En esta visita, y al igual que en la anterior, fue imposible contar con un catálogo del concurso.
A modo de ejemplo,
Wladimir Pérez es confuso, sucio de color e irregular en la composición, un trabajo digno de taller de principiantes. En cambio,
Mauricio Ojeda logra acertar con sus bloques en tonos verdosos suaves y con una buena construcción.
Luis Aravena es confuso tanto en el color como en la composición.
Rodrigo Fuentes logra el objetivo de impresionar con su personaje, un tanto grotesco dentro de una composición expresionista.
Claudia Adriazola es acertada en su figura de rostro velado en los tonos blancos que aplica con un adecuado dominio.
Gabriela Villegas esfuma una silueta, muy en la línea del pintor
Tito Parada, quien fue miembro del jurado. En esta pintura, evidentemente la identidad fue prestada.
Por su parte,
Clara Luz Pino tampoco tiene orden en sus figuras. Mejor imagen posee la obra de
Andrea Casanova, con sus muros intervenidos: hay composición, colores bien interrelacionados con las aberturas, además de un buen formato.
Karina Cocq debe definir mejor este tipo de propuestas, le falta intensidad a sus olas golpeando las rompientes. Se ve un trabajo apresurado o con cierta improvisación.
Las pinturas que podrían denominarse como "desastres pictóricos" son los paisajes alargados de
Carolina Oltra y Berta Iñíguez. Parecen ejecutados por una misma persona, cambiando sólo el motivo. Recuerdan esas pinturas que antes se vendían en las calles y se hace difícil entender qué vio en ellas el jurado para seleccionarlas. Ni siquiera alcanzan el rango de la ingenuidad, lo que sería mucho pedir.
Patricia Lagos apunta a una variante de su constante búsqueda. Conocida en el medio por haber recibido reconocimientos en varios concursos, ahora va por la síntesis y el contraste; al parecer siguiendo los principios de
Malevich en el empleo del blanco y el negro con las formas geométricas, realiza un trabajo con el mínimo de elementos. El blanco en un bloque rectangular de material aglomerado resalta sobre un fondo negro parejo; además agrega un trozo de malla metálica para romper el orden. Un trabajo técnicamente logrado y con el concepto adecuado.
La valoración dada antes al concurso no cambia con ese conjunto de pinturas. Se ve claramente qué reflejan los artistas seleccionados. En sus obras aparece no sólo su universo, su mundo circundante, sino que también su carácter y su personalidad.
Así difícilmente un artista puede ocultar su ser. La pintura es un reflejo de su interior. Para analizar sus expresiones no es necesario ser sicólogo.
Al respecto, la historia del arte ofrece innumerables ejemplos que ilustran casos de vidas atormentadas, apasionadas, locuras, desarraigos, miserias, etcétera.
De no ser así, el arte carecería de identidad y una de las funciones de la crítica es ver el arte en función del carácter de su autor y si un artista exhibe sus obras no puede pretender que la crítica se atenga sólo a lo formal y descriptivo.